Fetiches: cuando el deseo fue mal diagnosticado

Durante décadas, la palabra fetichismo se usó para nombrar cualquier forma de deseo sexual que no encajara en la norma. Y cuando decimos “norma”, hablamos de una sexualidad muy concreta: heterosexual, genital, monógama, discreta y bastante predecible.

Todo lo que se salía de ese molde —desde la atracción por los pies hasta el uso de lencería, el cuero, los juegos de roles o las fantasías de dominación— fue etiquetado como fetiche.

Muchas personas llegan a este tema con una pregunta bastante simple: qué es exactamente un fetiche sexual y por qué algunas formas de deseo se consideran normales y otras no.

Pero ¿qué pasa si ese diagnóstico no solo es obsoleto, sino también dañino?

Hoy queremos invitarte a revisar todo lo que te contaron sobre lo que “está bien” desear.

Un poco de historia (con sesgo incluido)

El término fetichismo no nació en la sexología.

Proviene del colonialismo. En el siglo XVI, los europeos usaban la palabra fetiche para referirse —con desprecio— a los objetos sagrados de algunas culturas africanas. Como esos objetos no tenían valor para los colonizadores, los describían como supersticiones o delirios.

Siglos más tarde, cuando Freud y otros médicos europeos comenzaron a estudiar el deseo humano, tomaron esa misma palabra para nombrar formas de excitación consideradas “desviadas”, generalmente masculinas y centradas en objetos o partes del cuerpo no genitales.

Así, si a alguien le excitaban los zapatos, el cuero o los pies, era clasificado como “fetichista”.

Lo que casi nunca se decía en esos textos era que la norma desde la cual se definía ese “desvío” estaba construida sobre una visión rígida, binaria y profundamente patriarcal de la sexualidad.

Lo que se patologiza suele ser lo que incomoda al poder

Durante décadas, muchas expresiones del deseo fueron etiquetadas como fetiches simplemente porque se alejaban del modelo sexual dominante.

Y ese diagnóstico nunca fue neutral.

Las prácticas asociadas a mujeres, a personas queer o a identidades sexuales marginalizadas fueron mucho más rápidamente consideradas “anormales”.

Por ejemplo: un varón heterosexual que fantasea con que su pareja use lencería rara vez era patologizado. Pero una persona que disfruta usar ropa asociada a otro género, o una mujer que participa activamente en dinámicas BDSM, sí podía ser vista como “desviada”.

La vara con la que se mide qué es “normal” y qué es “fetiche” siempre estuvo atravesada por el género, la clase, la raza y el patriarcado.

Y como toda norma que no se cuestiona, produce culpa, vergüenza y silencio.

El deseo no necesita permiso

El deseo humano es creativo, variado y muchas veces ilógico. Y eso no lo vuelve patológico.

Al contrario: cuanto más libertad tiene una persona para explorar lo que le gusta, mayor es su capacidad de vivir la sexualidad con autenticidad y conexión.

Entonces surge una pregunta que aparece muchísimo en consulta: ¿es normal tener fetiches?

La respuesta corta es sí. Las preferencias eróticas forman parte de la diversidad natural del deseo humano.

El problema no es lo que te excita. El problema aparece cuando la cultura te hace creer que solo existe una forma correcta de desear: espontánea, genital, monógama y perfectamente sincronizada.

Todo lo que se aleja de ese guion aparece como raro, sucio o incomprensible.

En Flami creemos otra cosa: que el deseo es una vía de autoconocimiento. Y que cuestionar los mandatos sobre cómo “deberíamos” excitarnos puede abrir la puerta a una sexualidad mucho más honesta y respetuosa.

No es lo mismo una preferencia que una patología

La sexología clínica contemporánea —especialmente desde enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y la perspectiva sex-positive— propone dejar de tratar al deseo como si fuera un síntoma.

Tener una preferencia erótica no es un diagnóstico.

Que te exciten los pies, las voces graves, ciertas texturas, la lencería, los juegos de poder o las dinámicas de dominación no dice nada negativo sobre vos.

Lo importante es si esas prácticas se viven desde el consentimiento, la libertad y el bienestar.

El problema no es lo que te excita.
El problema aparece cuando no podés vivirlo sin culpa o cuando el deseo se vuelve una fuente de sufrimiento.

Entonces, ¿cuándo pedir ayuda?

La mayoría de las veces no hace falta “curar” un deseo. Hace falta comprenderlo.

Otra duda muy común es cuándo un fetiche se vuelve un problema.

En general, no tiene que ver con lo que te excita, sino con el sufrimiento o las dificultades que eso genera en tu vida.

Puede ser útil buscar acompañamiento profesional cuando:

Tus prácticas sexuales generan sufrimiento o interfieren con tu vida cotidiana.
Sentís que el deseo está ligado a experiencias traumáticas que todavía duelen.
Te cuesta integrarlo en tu vida o compartirlo con una pareja sin conflicto.
Te sentís solo o profundamente avergonzado por lo que te gusta.

En esos casos, el objetivo no es corregir el deseo, sino encontrar una forma más habitable de vivirlo.

¿Y si en vez de “fetiche” dijéramos interés erótico?

En Flami proponemos cambiar el lenguaje.

En lugar de fetiche —una palabra cargada de historia patologizante— podemos hablar de intereses eróticos, preferencias sexuales o mapas del placer.

Cambiar el lenguaje cambia la mirada.

Porque las palabras construyen realidad. Si nombrás lo que te excita como algo sucio, lo vas a vivir con culpa. Si lo nombrás como parte de tu autenticidad erótica, puede convertirse en una fuente de exploración y poder.

Un mapa del deseo es mucho más que un diagnóstico

El deseo no es solo biología. Está hecho de historia, cultura, imaginación y contexto.

No nacemos sabiendo qué nos excita: lo vamos descubriendo en contacto con el mundo, con otras personas y también con nuestras propias heridas.

A veces lo que excita tiene que ver con lo prohibido, con lo que alguna vez fue reprimido o castigado.

Eso no significa que esté mal. Significa que hay algo ahí que merece ser comprendido.

Desear algo no te vuelve raro.
Te vuelve humano.

Y cuanto más entendés tu deseo, más fácil es vivirlo sin arrastrar vergüenza. Más fácil es comunicarlo, compartirlo, negociarlo y disfrutarlo.

El deseo no siempre necesita explicación

No hace falta justificar lo que te excita.

No tenés que explicar por qué una textura, un olor, una palabra o una situación te encienden. Muchas veces el deseo no sigue una lógica racional.

Lo que sí importa es cómo se vive: con consentimiento, con cuidado y con presencia.

En resumen

El concepto de “fetichismo” tiene un origen racista, sexista y patologizante.
Muchos intereses eróticos se etiquetaron como fetiches cuando en realidad son expresiones legítimas del deseo.
No todo lo que se sale de la norma es un problema.
Cambiar el lenguaje es cambiar la mirada.
La libertad sexual empieza cuando dejás de explicarte y empezás a explorarte.

 

Aldana Lichtenberger, PhD. @aldanalichtenberger

Flami